Podría hablar de Marruecos, podría hablar de Marrakesh, de los jardines Majorelle, de las tumbas saadíes, de la Medersa Ben Youssef… pero no me da la gana. Hoy sólo quiero que sintáis Jamaa El Fna, que la conozcáis y la viváis a través de mis ojos…

¿Qué sería de la ciudad roja sin ella? A pesar de que la traducción oficial del árabe es “la plaza de la muerte”, en cuanto pones un pie en ella descubres que, en pleno s. XXI, este nombre podría ser la antítesis de lo que realmente nos transmite este lugar. Jamaa el Fna rezuma vida: ruido, música, voces, color…

Más que verla y visitarla, recomendaría observarla y vivirla. Verla es fácil, visitarla también. Pero para vivirla, nada mejor que dormir en su propio corazón, para tener el placer (sí, el placer), de ser despertada a las cinco de la mañana con los rezos a todo volumen procedentes de la Koutobia, volver a dormir, volver a abrir tus ojos, subir las escaleras que te llevan hasta la terraza del riad.  Y ahí, aún con los ojos somnolientos, contemplar el amanecer con la sola compañía del silencio. Nada más que silencio, la Koutubia, el sol rojizo-anaranjado, la plaza desierta y tú.

Según transcurren los minutos, detectas algo de movimiento. Mientras observas la humeante taza de té, empiezas a escuchar la música embriagadora procedente de las flautas de los encantadores de serpientes. “Ya han llegado”. Levantas la vista y sí, allí están. Con sus cestos, sus mantas, sus sombrillas, y sus fieras. Buena gente. Os lo aseguro. Palabra.

La vida empieza a apoderarse de la “plaza de la muerte”. En cuestión de segundos, sin tan siquiera tiempo a que te des cuenta, Jamaa el Fna ha sufrido una transformación hasta convertirse en un auténtico caos. Y así continúa durante todo el día: ir y venir de bicicletas, turistas, marrakechíes, vendedores de dentaduras, de agua, adiestradores de monos, vendedores ambulantes, teatreros, tal vez algún carterista, puestos de comida, de bebida…

Visitar la plaza, adentrándose en su interior es un buen plan. Pero podrías incluso observarla. Detente. Siéntate en algún lugar que te resulte cómodo. Abre tus ojos. Mira. Y observa. Contémplala y entiéndela. Te sorprenderá, y te embaucará…

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