“Cierren los ojos ¿Sienten la energía? ¿La sienten verdad? “- nos preguntaba nuestro guía a nuestra llegada a la ciudad sagrada de Machu Picchu. Es uno de esos momentos en los que quisieras contestar que sí, que sientes cómo las fuerzas cósmicas van introduciéndose en tu cuerpo para llenarlo de una energía mística que se va apoderando de tu corazón y de tu mente e invadiendo tu espíritu.

Pero la cruda realidad es que no, no sentí nada. Nada de nada. Al abrir los ojos miré de reojo tanto al guía como al resto de personas que se encontraban por allí. Algunos asentían y entre exclamaciones decían que sí,  que notaban la magia del lugar y a la energía que les estaba transmitiendo. Me sentí como una marciana en Saturno. En un intento de no acomplejarme por mi frialdad ante temas tan profundos y espirituales, y de confirmar mi pertenencia al planeta Marte, me acerqué a mi compañera de viaje y le susurré si había sentido algo. Su respuesta me tranquilizó. Ya eramos dos las marcianas que visitábamos la montaña sagrada.

En cierto modo sentí decepción conmigo misma, por ser tan escéptica y por perderme tan maravilloso momento de plenitud que a otros les ha transmitido este lugar.  Pero por el momento, lo único que veía era miles de personas paseando por la ciudadela inca con sus chubasqueros de colores, cuan hormiguitas camino del hormiguero. Poco más atinaba a contemplar pues la niebla se había apoderado del lugar y no era capaz de ver tres palmos más allá de mis narices. Una fresca llovizna golpeaba mi chubasquero rojo de dos euros. No, no encontraba ni tranquilidad ni misticismo por ningún lado.

Curiosamente, en la medida en que llegábamos a la ciudadela comenzó a salir el sol, proyectando una luz especial sobre Machu Picchu. A medida que transcurrían las horas, dejé de ver y de oír a la multitud. Me decidí a caminar sola por los recovecos de la ciudadela, Intipunktu – el templo del Sol, Huayna Picchu, el templo de la Luna… Caminaba embelesada, sin prisa, sin pausa, maravillada por tan impresionante obra de arquitectura erigida a más de dos mil metros de altitud. Desde allí arriba, veía como el sol, de un modo caprichoso, iluminaba únicamente la ciudadela simulando ser un haz de luz emanando de un lugar mágico. Pero a pesar de todo la energía mística seguía sin poseerme.

Tal vez fue debido a que no apoyé mis manos sobre el monolito Intihuatana (no nos dejaron traspasar la soga que la protege de ser sobada por miles de personas), a mi escepticismo, a mi racionalidad… pero lo cierto es que abandoné el lugar con la sensación de ser una persona demasiado racional.

Pocos días quedaban para el término de nuestra visita a Perú, pero sorprendentemente empecé a encontrarme con un estado de ánimo fuera de lo normal teniendo en cuenta el momento personal por el que estaba pasando. Al adentrarme en la selva amazónica, comprobé que muchos de los temores que suelen acompañarme en mis viajes se encontraban ausentes. Me observaba a mí misma con extrañeza, con confusión. Me encontraba, simplemente, diferente.

En Perú superé miedos, malestares emocionales que recorrían mi mente por aquel entonces. Ya en mi hogar, me sentía en cierto modo renovada, llena de energía y ese nuevo estado había comenzado en mi parte final del viaje… A  pesar de todo, reflexioné sobre Machu Picchu y me pregunté si sería posible que su magia se hubiera ido apoderando de mí de un modo lento y progresivo, poco a poco, casi imperceptiblemente…

Tal vez fue Perú, tal vez fue la energía sagrada, tal vez fue la Pachamama… tal vez fui yo… pero algo cambió en mí y aún se mantiene en mi mente…

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