No es la primera vez que visito la costa vasca, ni será la última. Pero cada vez que la veo, la huelo y la siento… vuelvo a casa con una extraña sensación de plenitud y tranquilidad que me atonta y me descoloca.

Pasear por el bosque de Oma, en Bizkaia, me llena a mí también de colores diversos: rosa, naranja, verde, azul, lila, amarillo… Es como si se desprendiesen de las cortezas de los árboles para cobijarse en mi cuerpo y en mi mente. No sé cómo hizo Ibarrola para, tras más de 20 años de su creativa obra, seguir provocando en mí las mismas sensaciones.

Continúo mi viaje de vuelta a casa disfrutando de los sinuosos caminos que recorren los acantilados de la costa. El color sigue persiguiéndome. A pesar de ser conocida por su lluvia y tonos grisáceos y tristes, hoy Bizkaia me ha regalado un día de sol brillante, verdes prados y cielo azul intenso.

Arco-iris de colores, por fuera… y por dentro… Una vez más, digo VOLVERÉ…

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