Fue la postal de una amiga la que me llevó hasta Bled. Una viajera empedernida, que ya en nuestros tiempos de estudiantes corría de aquí para allá, ahora a Italia, ahora a Amsterdam, ahora a Cuba, … En el piso que compartíamos, esperábamos ansiosas su regreso. Sí, sí, es por lo que estás pensando, era por los regalos: nos regalaba conchas, arena de la playa de Varadero en un botecito de cristal, piedras del Vesubio, una botellita de limoncelo, caramelos… nos regalaba los detalles de los lugares recién conocidos con tanta pasión y entusiasmo que conseguía transportarnos hasta ese sitio de dónde ella ya estaba físicamente de vuelta. Porque ella era así, Marta seguía reviviendo sus viajes, sus experiencias una y otra vez, una y otra vez, con tan solo sus recuerdos… Nunca he vuelto a conocer a ninguna persona que lo disfrute tanto, ninguna otra persona que haya conseguido transmitirme su último viaje con tanta dulzura, alegría y pasión, sin caer en el la pesadez o en un monólogo aburrido incluso.

Intento pensar en cuál era la diferencia entre su discurso y el del resto de la gente, y creo que he dado con la clave. Ella no era una turista, ella era VIAJERA. Contaba anécdotas. Anécdotas sobre furgonetas, sobre fregar sartenes en el wc de una gasolinera, ideas sobre cómo viajar a Italia con muy bajo costo, anécdotas que incluso a veces, nos parecían locuras… pero que al fin y al cabo, son las que pueden convertir un viaje en único e inolvidable. Por todo esto ansiábamos su vuelta.  Lo seguimos haciendo. Aunque tan sólo sea un fugaz anhelo…

Fue ella quien me enseñó que podemos revivir miles de momentos fantásticos, disfrutar de ellos una y otra vez, sumergirnos en ensoñaciones pasadas y presentes. A lamer y relamer viajes pasados, incluso años después. Sin billetes de avión. Sin nada más que nuestra propia mente. Nada más que nuestros propios recuerdos.

Me regaló Eslovenia, me regaló el lago de Bled. Me lo regaló en una postal y me lo regaló prestándome sus ojos aún sin yo haber viajado a aquel maravilloso lugar. Acepté el regalo, lo guardé en mi corazón, y años después llegué hasta allí. Y se lo devolví. Ese fue mi regalo para Marta, ese viaje, precisamente a ese lugar.

Tú me llevaste allí. Y yo te llevo conmigo en todos mis viajes… Siempre…

Lago de Bled

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